Quizá estés en una jaula electrificada

“No voy a poder”

“Es muy difícil”

“No hay solución para mí”

“Los demás pueden, pero yo no”

“El dolor no se va a ir nunca, da igual lo que haga”

Se llama indefensión aprendida, y puede que sea eso lo que te está pasando con los síntomas.

La persona percibe que no hay defensa posible ante un problema. Que da igual lo que haga, no se puede solucionar.

Aparece tras sucesivos intentos infructuosos de solucionar algo, en aquellas situaciones en las que, da igual lo que hagas, te das una y otra vez contra la pared.

Aquellas situaciones “rueda de hámster”, en las que corres y te esfuerzas, pero no avanzas.

El organismo aprende que no hay defensa posible y pierde la iniciativa de intentar soluciones, o las intenta con la creencia adquirida de que es imposible que se solucione.

El término de indefensión aprendida fue acuñado por el psicólogo estadounidense Martin Seligman en 1967, interesado en estudiar la depresión.

Junto con Steven Maier, realizó una serie de experimentos con perros.

Les sometía a una serie de descargas eléctricas dentro de una jaula de la que no podían escapar.

Daba igual lo que hicieran.

Una parte de estos perros dejaban de luchar, incluso cuando les ponían la opción de escapar. Habían aprendido que no había solución.

Si pudiéramos explicarles la realidad, probablemente recuperarían la iniciativa y las ganas de vivir.

Muchas personas con síntomas persistentes acaban teniendo depresión como consecuencia, y no me extraña.

Es lógico y biológico, si vives en una jaula electrificada.

La depresión es la consecuencia, no la causa. Y las pastillas no lo solucionan.

Cuando los síntomas se van, la depresión también. La persona aprende a salir de la jaula y recupera su vida. Comprende y se libera.

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